viernes, 29 de mayo de 2009

Contra la Violencia a las Mujeres

Contra la Violencia a las Mujeres

GRUPOS DE HOMBRES Y PATRIARCADO:
¿NUEVAS MASCULINIDADES Y NUEVOS VALORES?

Las cuestiones referidas a la problemática del Sexo-Género se han venido poniendo de candente actualidad de unos años a esta parte en el Estado Español.

Tanto desde los núcleos de investigación, en sus muy diferentes niveles, como desde los Medios de Comunicación de Masas que han promovido foros de debate en torno de estas cuestiones (aunque muchas veces de manera típica y desafortunada), cada vez se habla más de la crisis del Patriarcado, de la crisis de los modelos masculinos, de la desorientación que afecta hoy a muchos hombres, así como de las nuevas mujeres que vienen "pisando fuerte" y de las aportaciones que los nuevos feminismos plantean tanto teórica como pragmáticamente a la lucha por un cambio social, por la consecución de unas relaciones más igualitarias y más justas (que no justicieras) entre las personas de distinto sexo.

Con este artículo pretendo ofrecer unos puntos para la reflexión que aporten a este debate abierto y a este conflicto complejo y multiforme en el que muchos hombres y mujeres nos encontramos implicados e implicadas.

Gran parte de lo que a continuación voy a desarrollar ha nacido de lo que en los Grupos de Hombres venimos compartiendo y elaborando en estos últimos años.

Espero que sea enriquecedor para muchos y para muchas y que provoque respuestas creativas que ayuden a la evolución del pensamiento y la acción no sexista.

EL PATRIARCADO OPRIME POR IGUAL A LOS HOMBRES Y A LAS MUJERES

Se ha hablado mucho de la opresión que sufren las mujeres en el contexto social y cultural occidental en el que vivimos inmersos e inmersas.

Siguiendo el discurso crítico de las mujeres, estas sociedades occidentales han sido acertadamente calificadas como pertenecientes a una "Cultura patriarcal", entendiendo por ello una organización cultural donde los valores asociados a lo que se entiende como "lo masculino", por una parte, se nos muestran como importantes, valiosos y deseables.

Por tanto, se trata de los valores dominantes culturales.

Por otra parte, los valores asociados a lo que se entiende como "lo femenino" se nos muestran como secundarios, menos importantes y, en consecuencia, no tan deseables como los primeros.

Por otra parte se trata de una cultura opresiva, que divide y enfrenta a las personas de muchas maneras.

Una de ellas, a la que hemos hecho alusión, sería el "Sexismo" o discriminación de las personas por motivo de su sexo; otra lo sería el "racismo"o discriminación por motivo de la raza de pertenencia; otra el "heterosexismo" caracterizado por la homofobia que discrimina a homosexuales y lesbianas por motivo de la orientación del deseo sexual; y otra, la expresión política más característica y radical, sería "el fascismo", caracterizado al igual que todos los anteriores "-ismos" por la intolerancia a lo diferente y la estratificación en ciudadanos y ciudadanas de primera, de segunda y de tercera clase en función de su sexo, color de la piel, religión, ideología política u orientación del deseo sexual, entre otros muchos aspectos que no he mencionado aquí y que configuran las distintas caras del mismo fenómeno patriarcal o cultura patriarcal que estamos intentando perfilar. Por tanto, podemos decir que el Patriarcado potencia relaciones de opresión y de poder entre las personas, dividiéndolas en categorías y subgrupos sociales. Enfrenta a los grupos de población, unos contra otros, como forma de control y de imposición de los valores considerados más importantes, mejores o "sagrados".

Como he apuntado antes, se ha hablado mucho de la opresión que sufren las mujeres en este contexto social y cultural occidental, que hemos calificado como "patriarcal" y en el que vivimos inmersos e inmersas, repito.

Y esto es algo comprensible, puesto que quienes han ejercido esta crítica han sido, fundamentalmente, las mujeres.

Al menos han desarrollado la parte crítica correspondiente a la denuncia de las formas de opresión social que sufren las mujeres por ser mujeres y que hemos denominado "sexismo".

Y esta es una parte importante de la historia, muy importante.

La otra parte la estamos comenzando a escribir los hombres que, desde los grupos de reflexión y toma de conciencia o "Grupos de Hombres" nos venimos reuniendo desde los años setenta (mediados de los ochenta en el Estado Español) en una labor de reflexión crítica con respecto a estas formas de opresión social y a los condicionantes tanto culturales como educacionales a los que las personas estamos sometidas desde el mismo momento de nuestro nacimiento e incorporación social en una cultura que separa y enfrenta a las personas en los dos sexos reconocidos oficialmente: los hombres y las mujeres*

Es importante reflexionar acerca de cómo esta estructura social y cultural en la que vivimos hombres y mujeres nos está afectando a unos y a otras, tanto en la vivencias de los niveles o espacios privados de la vida como en los espacios públicos de la misma.

En caso contrario, estaríamos contando una historia incompleta y, por lo tanto, injusta.

Es hora de que los hombres hablemos y denunciemos también cómo esta estructura de poder que nos impregna nos está oprimiendo como colectivo de hombres y nos está dificultando, cuando no impidiendo, la posibilidad de conseguir una vivencia plena de la vida, al igual que a nuestras compañeras mujeres.

Y esta es una parte importante de la historia. La otra parte la estamos comenzando a escribir los hombres que, desde los grupos de reflexión y toma de conciencia o "Grupos de Hombres" nos venimos reuniendo desde los años setenta (mediados de los ochenta en el Estado Español) en una labor de reflexión crítica con respecto a estas formas de opresión social.

Las críticas feministas a la opresión patriarcal pecan en algunos casos, al igual que toda construcción teórica que pretenda entender el mundo y el papel de las personas en el mismo, de creencias míticas en varios aspectos de su discurso.

Y esto, más que por una intención interesada en la explicación de la realidad, que no pretendo siquiera sospechar, puede ser debido a la falta de una parte importante de esa reflexión que han realizado, casi en solitario, las propias mujeres: la aportación de los hombres desde los propios hombres, la reflexión de los hombres acerca de los procesos y circunstancias en que estamos inmersos y que nos impactan directamente a nosotros, precisamente por ser hombres en una sociedad patriarcal y sexista.

También el sexismo incluye, no lo olvidemos, la discriminación de los hombres en todos aquellos aspectos en los que se nos impide nuestra realización integral como personas por el hecho de ser hombres.

Poniendo un ejemplo muy simple: es sexismo que una mujer perciba menor salario por realizar el mismo trabajo que un compañero suyo que es hombre; y es sexismo que se designe, como norma, la custodia de los hijos o hijas de un matrimonio separado siempre a la mujer porque es mujer y se le supone que "por naturaleza" se encuentra mejor capacitada para educarlos y darles los cuidados que necesitan.

Ambas situaciones muestran ejemplos reales y actuales por los cuales hombres y mujeres sufrimos una discriminación sexista bajo la misma estructura sociocultural de tipo patriarcal.

El sexismo es un concepto que deberíamos utilizar como un afilado instrumento o herramienta de denuncia de las desigualdades e injusticias sociales entre hombres y mujeres, pero de manera bidireccional: es decir, siempre que a una persona, independientemente de su sexo biológico, se le ejerza una discriminación por motivo de su sexo, bien se trate de un hombre o bien se trate de una mujer.

Uno de los aspectos míticos de parte de algunos de los discursos feministas tienen su base en la consideración de que la opresión que sufren los hombres, en todo caso, es menos importante que la opresión que sufren las mujeres.


Partiendo de la base aceptada de que existe una estructura social que oprime tanto a las mujeres como a los hombres, se pasa a afirmar que la opresión de las mujeres es mayor, más importante, más violenta e intensa que la que los hombres tienen que soportar por pertenecer a la misma cultura patriarcal y sexista y por ser hombres.

Este discurso puede resultar muy resbaloso y suele provocar el efecto contrario al deseado en las personas que lo reciben. Además de chocar, habitualmente, con la incomprensión de muchas personas, hombres y mujeres, que no aceptan este concepto social victimista de la mujer.

Yo prefiero decir, más bien, que la opresión cultural de las mujeres ha sido más y mejor estudiada, analizada, comprendida y denunciada que la opresión sexista que sufrimos los hombres. Y he calificado este discurso de resbaloso, a mi entender, puesto que con una tremenda simplicidad pasa de denunciar la opresión de las mujeres a interpretar la existencia de verdugos sociales que oprimen a estas mujeres y que, tantas veces y con tanta simplicidad, repito, se ha encarnado en la figura de los hombres como colectivo.

Puesto que las oprimidas son las mujeres, los opresores serán, en consecuencia lógica, los hombres. ¿Que hombres? ¿Todos los hombres oprimen a todas las mujeres? ¿Todos los hombres del mundo oprimen a todas las mujeres del mundo? ¿No estaremos creando nuevos mitos, nuevos discursos míticos donde "malos" y "buenas", a la manera de los cuentos morales de antaño, intentan explicarnos la realidad?

Plantear un discurso supuestamente liberador donde, de entrada, se subdivide al colectivo humano en "mujeres oprimidas" y "hombres opresores" es hacer el juego a la dinámica patriarcal que pretende enfrentar a las personas, dividir a las personas y levantar muros de incomprensión entre las personas o colectivos de personas. Es crear enemigos ficticios donde pueden no existir.

Afinar este discurso y plantear que las mujeres están más oprimidas que los hombres viene a ser una versión actualizada de "más de lo mismo".

Una consecuencia grave que se deriva de este discurso victimista es que impide identificar, entre otras cosas, las alianzas reales existentes entre grupos de hombres y grupos de mujeres que, hoy por hoy, nos encontramos aportando a la luha por la transformación de las relaciones personales y de las relaciones sociales hacia una sociedad más igualitaria y más justa y, en definitiva, menos sexista.

Quizás fuera más justo plantear que, partiendo de una estructura social de opresión, hombres y mujeres nos encontramos discriminados en aspectos bien diferentes y diferenciados.

Un somero análisis de la realidad y circunstancias actuales del colectivo de los hombres y del colectivo de las mujeres parece mostrarnos que más que un planteamiento de tipo unidireccional y cuantitativo, vivimos en una situación global donde los perjuicios asociados al sexo tienen mucho más de bidireccional y de cualitativo.

En otras palabras, las mujeres tienen mucho de qué quejarse y muchos aspectos de su vida ligados a situaciones de discriminación por motivo de sexo y que reivindicar, así como los hombres tenemos también otros muchos aspectos de nuestras vidas ligados a discriminación por motivo de sexo y que reivindicar. Y por los que luchar de cara a un beneficio común y compartido.

El final de este camino lo constituiría una sociedad que muchos y muchas piensan utópica, donde hombres y mujeres nos relacionaríamos desde la igualdad de derechos y desde la posibilidad de potenciar todos aquellos aspectos que, como personas que somos unos y otras, traemos al mundo desde el mismo momento del nacimiento.

Queda mucho trecho por recorrer, eso es algo evidente. Pero seguramente el camino será más llevadero y avanzaremos más rápido si identificamos las alianzas que tenemos disponibles y revisamos determinados discursos combativos que hacen más daño innecesario que aportar claves positivas de comprensión y de actuación constructiva, que es lo que resulta imprescindible.

Prefiero hablar de sexismo y del análisis de las realidades de los hombres y de las mujeres que de patriarcado y de planteamientos teórico-globales que siguen la misma estructura de pensamiento clasificadora de las personas e intentan la explicación del mundo, en este caso de la opresión de las mujeres, buscando verdugos.

A nadie le gusta sentirse en el papel de verdugo y a nadie le resulta constructivo sentirse en el papel de víctima, máxime cuando no se corresponde a la percepción de la realidad.

Este discurso victimista es que impide identificar entre otras cosas, las alianzas reales existentes entre grupos de hombres y grupos de mujeres que, hoy por hoy, nos encontramos aportando a la luha por la transformación de las relaciones personales y de las relaciones sociales hacia una sociedad más igualitaria y más justa y, en definitiva, menos sexista.

La lectura patriarcal, aunque básicamente acertada, corre el riesgo de dejarse llevar por una interpretación de la realidad unidireccional : "las mujeres son oprimidas por los hombres". La lectura sexista puede resultar más válida tanto en cuanto facilita una interpretación de la realidad bidireccional: mujeres y hombres padecemos la opresión patriarcal. Al menos cierto número de mujeres y hombres que pretendemos un cambio en las relaciones de poder entre los sexos hacia una sociedad más igualitaria y respetuosa frente a otro cierto número de hombres y de mujeres que pretenden que las cosas continúen de la misma manera. Si existe una "barricada" (y yo entiendo que sí), quizás se encuentre más cerca de este planteamiento que acabo de mencionar.

*Existen culturas en que se reconoce la existencia de tres sexos en vez de dos como en Occidente. Culturas autóctonas del Norte de los actuales Estados Unidos diferencian tres sexos: los hombres, las mujeres y los berdajes, el tercer sexo. Los berdajes serían hombres con atracción sexual hacia otros hombres, atribuyéndoles por esta característica funciones espirituales y de iniciación y educación de los muchachos adolescentes de la tribu.

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