viernes, 13 de marzo de 2009

El Arte de Educar...

D. Javier Urra
Defensor del Menor (1996-2001)

Algunos hijos desatendidos y padres desorientados: el arte de educar

Esos desconocidos: nuestros propios hijos

A veces no conocemos en profundidad el pensamiento y la realidad de sus conductas. Bien es cierto que los hijos en muchas ocasiones no conocen el sentir íntimo de sus padres.

No deja de ser una paradoja para quienes no hace tanto éramos jóvenes.

Y es que los niños, los adolescentes, son en sí mismos una identidad, no son adultos pequeñitos o un proyecto, tampoco se les debe concebir como angelitos inermes sin imaginación o sin capacidad de obrar mal.

Debemos preguntarnos cómo se está socializando, es decir, cómo va el proceso por el que nace y se desarrolla su personalidad en relación con el medio social. Tenemos que facilitar el vivir con, y para ello se ha de propiciar la inmersión en la cultura, el control de los impulsos, la experiencia en sí mismo, el desarrollo de la afectividad y la motivación de logro.

Somos sabedores de que la infancia busca ser ella misma, desea romper el cordón umbilical con los padres, ser libre, autónoma. Y así ha de ser.

Existen ritos iniciáticos de independencia para mostrarse ante sí mismos y al grupo de referencia que ya son; algunos lo hacen con la ingesta de alcohol, de anfetaminas, con fugas o rotura de objetos o trasgresión de normas.

Los tutores hemos de propiciar los pasos iniciáticos adecuándolos a su edad y características (ir a un campamento, viajar por Europa en grupo...), canalizaremos sus impulsos y necesidades, no los cercenaremos. Pero para ello hay que haber ganado su confianza, haber estado a su lado desde pequeños, haberles acariciado con nuestra escucha, ser valorados.

Todo padre debe dedicar tiempo a los hijos, un tiempo que será diario y de calidad.

Se puede conocer a los hijos, se puede caminar y disfrutar juntos sin confundir el ser amigos con ser colega, pues los padres han de marcar límites; los niños los precisan.

Se cuenta la historia de una niña que por la noche llamaba y decía: «Papá ven», y el papá fue y le dijo: «¿Qué quieres, hija?», y ella no contestó. Al rato gritó: «Papá, ven», y el papá fue y le dijo: «¿Qué quieres, hija?» y ella no contestó; así muchas veces, hasta que al final la niña exclamó: «Que me digas no».

Dar a los niños de todo -juguetes, dinero, objetos- es un error, haremos de ellos unos egoístas y caprichosos.

Si además no les damos dedicación, nos vivirán como que nos lo quitamos de encima.

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