domingo, 25 de octubre de 2009

Todo sobre los niños y cuentos de Hadas de Donald Z.

Psicoanálisis de los Cuentos de Hadas

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Psicología de los cuentos de hadasBruno Bettelheim, célebre psicólogo infantil, se interesó en la influencia que podían ejercer los cuentos de hadas en los niños y llegó a la conclusión que tiene una extraordinaria importancia para la formación moral e intelectual de los niños.

A la luz del Psicoanálisis y la atención de niños durante muchos años pudo llegar a corroborar el importante papel que desempeñan estos cuentos en sus vidas.

Sostenía que la tarea más importante en la educación de un niño es la de ayudarle a encontrar sentido a la vida y a comprenderse mejor él mismo y a los demás a fin de lograr satisfactorias relaciones llenas de significado.

Para que un cuento atraiga la atención de un niño, éste debe ser divertido y además le debe causar curiosidad. Para enriquecerlo la historia debería estimular su imaginación, ayudarle a desarrollar su inteligencia, esclarecer sus emociones, y ayudarlo a reconocer sus dificultades sugiriéndole las soluciones a los problemas que lo inquietan, fomentando su confianza en si mismo y en su futuro.

Los cuentos aportan importantes mensajes tanto a nivel consciente como inconsciente.
Al hacer referencia a los problemas humanos universales, estas historias hablan a un pequeño yo en formación y estimulan su desarrollo, mientras que al mismo tiempo lo liberan de sus pulsiones inconscientes.

Muchos padres están convencidos de que los niños deberían conocer únicamente el lado bueno de las cosas, para evitarles sufrimientos o preocupaciones tempranas. Sin embargo, los cuentos de hadas les transmiten, que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable, y que si uno no huye y se enfrenta a las privaciones inesperadas y a menudo injustas, puede llegar a dominar todos los obstáculos.

Los cuentos de hadas suelen plantear, de modo breve y conciso, un problema existencial. La maldad está siempre presente igual que la bondad, pero nunca en una sola persona sino en dos personajes diferentes.
En los cuentos de hadas el malo siempre pierde, de modo que la convicción que se transmite es que el crimen no resuelve nada y de esta manera es una persuasión mucho más efectiva que la enseñanza de normas morales.

El héroe es la figura más atractiva que favorece la identificación e imprimen en el niño las huellas de la moralidad con más fuerza que cualquier enseñanza.

Los personajes de los cuentos de hadas no son ambivalentes, es decir que no son buenos y malos al mismo tiempo, como somos todos en realidad.

Cenicienta es buena y las hermanastras son malas, ella es hermosa y las otras son feas, ella es trabajadora y las demás perezosas.

Esta particularidad ayuda al niño a comprender más fácilmente la diferencia entre ambos caracteres.

Las ambigüedades no deberían plantearse hasta que no se haya establecido una personalidad relativamente firme.

De acuerdo a lo que antecede resulta interesante tener en cuenta la importancia que puede tener en los niños la oportunidad de conocer los antiguos cuentos de hadas que no todos tuvimos la oportunidad de conocer en el momento adecuado

Un psicoanalista va cambiando a medida que transcurre el tiempo. A veces una decisión voluntaria que proviene de un cuestionamiento a fondo de su vieja teoría y práctica provoca su adhesión a una nueva teoría que aparece, por lo menos en el primer momento, como la panacea universal para sus males (de analista). Pero esta forma que el cambio tiene de presentarse no es la más frecuente. En general, en los psicoanalistas predomina la idea de ser coherentes con la idea de ruptura.

Rosolato dice que la evolución de un psicoanalista, práctica o teórica, se desarrolla insensiblemente y se comunica après-coup. Cuando una teoría surge en un medio analítico, ya sea como producto de ese medio, ya sea importada, se produce alrededor de este hecho una serie de acontecimientos que van desde las adhesiones más apasionadas a los cuestionamientos más agresivos. Pero en ese debate, en esa lucha, todo el medio analítico se va modificando. De pronto nos encontramos usando nuevas palabras para designar viejos hechos, o hacemos nuevas preguntas o tenemos nuevas formas de escuchar. También reorientamos nuestro interés hacia fenómenos que hasta ese momento no habíamos percibido.

Me interesa discutir con ustedes esta evolución subclínica del psicoanalista, en este caso, de niños. Un profesor de filosofía, Luis Guerrero, decía que cuando surge una gran obra de arte, queda allí plasmada toda la transformación y los nuevos modelos que la sociedad ha creado en ese momento histórico. Pero además, más allá de esa gran obra, podemos seguir los cambios en la vida cotidiana: en los utensilios de uso corriente, en las modas y costumbres. Entonces, la pregunta sería: "¿cuáles son nuestros utensilios ahora?".

Esta pregunta me obligó a hacer un alto y procesar mi quehacer de todo este tiempo. En esta historia vamos a encontrar, por supuesto, los grandes pensadores en psicoanálisis de niños, quienes intervinieron e intervienen en nuestro medio psicoanalítico, a saber: Melanie Klein –el origen mismo del psicoanálisis de niños en nuestro país–, Anna Freud, Winnicott y, actualmente, los analistas de niños de filiación lacaniana.

El niño del psicoanálisis: distintos modelos teóricos y sus consecuencias para el tratamiento

Tenemos un punto de partida, un momento teórico importante. ¿Cómo es concebido el ser humano en cada teoría? ¿Cuáles son los supuestos que éstas implican y qué modelos nos traen? Finalmente, ¿cuáles son sus consecuencias en la clínica?

El pensamiento de Melanie Klein es, en este punto, absolutamente opuesto a aquel que imaginase un nacimiento a partir de la mente en blanco, de una tabla rasa acognoscitiva, aconflictiva, sobre la cual se irán inscribiendo las distintas experiencias.

El conflicto es para ella inherente al ser humano, como lo es la angustia. El yo emerge en medio del conflicto, del fragor de la batalla entre las pulsiones de vida y muerte. En este sentido, para Melanie Klein, el ser humano nace en una situación de alto riesgo. Herido desde el vamos por la pulsión de muerte, tiene como primera tarea hacer frente a la angustia de aniquilamiento que es su correlato.

Surgen así las primeras deflexiones, las primeras escisiones, la disociación: intentos de organización de una primitiva vida mental que es concebida como corroída por la acción de la angustia. La pulsión libidinal también se proyecta, se deflexiona y constituye objetos. Esto, sabemos, mitiga la angustia y será el embrión del yo unificado. Lagache habla de una fantasmática trascendental en el pensamiento de Melanie Klein. La fantasía inconsciente, ese producto privilegiado y omnipresente de la vida mental, tiene un origen interno, constitucional, instintivo. Pensamos que hay "un apriorismo" en el pensamiento de Melanie Klein. En medio de la lucha pulsional, los primitivos medios de defensa parecen funcionar como categorías a priori, así como las categorías kantianas de espacio y tiempo, como la forma humana de organizar los datos empíricos. Este a priori en Melanie Klein nos daría, a la vez, la posibilidad de un conocimiento y un desconocimiento del objeto. El objeto no es percibido como objeto natural, para tener una representación interna de él, sino, en primera instancia, para ser proyectado, para portar la pulsión de muerte, para ser un no-yo amenazante, pero que puede ser recusado.

Esto nos lleva inevitablemente a interrogarnos por la función de ese primer objeto: la madre. Ésta es una función que nada tiene que ver con lo que imagina un realismo ingenuo. La madre está allí para ser proyectada, para soportar esta proyección. Es importante que la madre tenga la capacidad de soportar ser el primer objeto persecutorio del niño. Si lo soporta (el odio) y devuelve amor, inicia un proceso de introyección benigno. Si no lo hace, condena al niño a un mundo de objetos malignos externos e internos.

La función de la madre es mitigar. Si ella mitiga, el niño repara. Además de un objeto parcial (bueno y malo), Melanie Klein postula una presencia total de la madre desde el principio soporte y embrión de la posibilidad de un reconocimiento futuro como persona completa. He aquí un aspecto interesante de la famosa reparación en Melanie Klein. El objeto debe llegar a ser reconocido con una existencia independiente, con deseos propios más allá de esta manipulación proyectiva.

Este paso no se da sin dolor. Hay un paso del temor al dolor que se hace a través de la culpa que es vehiculizada por el amor. Sin amor por el objeto no hay culpa ni integración posible. El dolor por el objeto, el temor, ya no de la aniquilación personal sino del otro, es un requisito indispensable para la integración y también para el conocimiento. En los primeros momentos de su teoría, angustia y dolor son las emociones básicas del hombre. Son el eje de su creación teórica y de su actuación técnica. El penar por el objeto, el duelo.

El duelo es uno de los nódulos de su teoría. De allí nos quedan descripciones extraordinarias: la manía, con su correlato de omnipotencia, idealización y negación; la reparación obsesiva; la caracterización del triunfo y el desprecio, y la culpa inconsciente y el fracaso como sus consecuencias.

Pensamos que esta temática no debe ser ajena a la vida de Melanie Klein, signada por el duelo. En su infancia muere una hermana de 9 años, quien le había enseñado a leer y escribir. En su juventud pierde a un hermano de 25 años, artista, que había tenido mucha influencia en su vida. Melanie Klein abandona sus estudios universitarios recién comenzados, no sabemos si a raíz de ese último duelo, pero coincide con él. Luego se casa, tiene varios hijos, y uno de ellos muere en un accidente de montaña.

También sabemos que este duelo fue tomado por ella como material de autoanálisis en su trabajo sobre el duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos.

A esta altura tenemos derecho a pensar, de acuerdo con lo expuesto, si sería inexacto decir que el niño que Melanie Klein nos trae es un niño enfermo, o, dicho de otro modo, que en principio no hay niño sano. Las psicosis y las neurosis no son eventualidades del desarrollo normal sino inevitables experiencias por las que todos pasamos. De las ansiedades psicóticas iniciales, la neurosis es un primer grado de cura, de modo que nuestra manera de referirnos a ella sufre una variación esencial. Desde esta perspectiva, decir que un niño es neurótico es una redundancia: todo niño lo es. Y más aún, para Melanie Klein implica ya un logro del desarrollo. Un logro arduo, trabajoso, otro paso hacia la normalidad y la salud.

En el mundo infantil primitivo terrorífico, lo percibido y lo proyectado fantasmático se confunde. Baranger dice que la idea de un mundo objetivo compartido no deformado y la posibilidad de un sujeto integrado son conquistas, son producto final de un largo proceso; según Klein, nunca definitivo.

Poner la pulsión de muerte en el seno mismo de la angustia primera; la agresión y la destructividad en el centro mismo de la relación del sujeto consigo mismo y con el mundo, es decir, llevar sistemáticamente este concepto hasta sus últimas consecuencias, permitieron a Melanie Klein avanzar audazmente en el problema de la psicosis.

Los recursos kleinianos vuelven inteligibles las estructuras paranoides subyacentes a síntomas como la encopresis y la anorexia, los terrores nocturnos, el insomnio y la hipocondría como internalizaciones corporizadas.

Al llevar sistemáticamente la ansiedad y la angustia al seno mismo del desarrollo libidinal psicosexual, Melanie Klein abre una óptica diferente, a partir de la cual se hacen comprensibles las patologías sexuales, se hace comprensible lo tortuoso del desarrollo sexual humano.

Ahora bien, ¿cuál es la consecuencia que esta teoría tiene en la clínica? Una primera consecuencia es que Melanie Klein, interrogada acerca del psicoanálisis de niños, afirma: si fuera posible, todo niño debiera ser analizado; sólo cuestiones de otro orden lo hacen impracticable. También se desprende otra consecuencia: el jugar del niño, modo privilegiado de elaborar la angustia y obtener placer.

Desde lo más íntimo de la teoría kleiniana, es decir, desde sus teorías de la angustia, surge uno de sus mayores hallazgos técnicos: el psicoanálisis de niños basado en el juego.

El ser humano juega. Juega para repetir, pero también para elaborar, para simbolizar. Despliega en el juego ese fascinante mundo de imagos que a través de las personificaciones cobran vida.

Al leer los historiales de Melanie Klein desfilan ante nosotros figuras arquetípicas: el padre castrador, el brujo, la diosa madre nutricia, el hada, la mujer fálica, la bruja, y todos los demonios y los dioses que –como constelación imaginaria– son patrimonio de la humanidad en sus mitos, poemas, dibujos, cuentos. Melanie Klein tiene el genio de traerlos al interior de la sesión.

Pretender analizar niños sin juegos es ,desde Melanie Klein, como analizar adultos sin palabras; en tanto el juego "habla", dice de los conflictos del niño. El jugar en la sesión del niño es como el soñar en la del adulto, la vía regia de acceso al inconsciente.

Hay una jerarquía en el juego, así como también hay una jerarquía de la experiencia analítica sobre las demás experiencias infantiles. En tanto los procesos de introyección y estructuración son tan precoces para ella (como correctora de patología), los primeros años de vida son decisivos para el ser humano, si de normalidad o de patología se trata. Pero hay algo más: Melanie Klein postula, en determinado punto, la inmutabilidad de ciertas estructuras, su impermeabilidad respecto a la experiencia y el hecho de que no entren en el circuito madurativo de la proyección/introyección.

Hablamos de determinado aspecto de superyó precoz, fraguado en el punto de sadismo máximo y que Melanie Klein describe como profundo, inmutable creador de severa patología en los niños y sólo accesible a la experiencia analítica. Aun en ella encontramos un límite teórico a la cura, que a veces no logra "reducir o mitigar su exagerado poder". La descripción de este superyó precoz y sádico es también de innegable valor en la comprensión de los procesos melancólicos y de las neurosis obsesivas graves.

La acción de este superyó precoz, verdadera cristalización de identificaciones sádicas, provoca estragos en la vida psíquica. Sabe de la fantasía inconsciente, amenaza, es fuente de intensos sufrimientos en las niños ya que genera culpa inconsciente. El superyó precoz no amenaza con la castración, sino con la devoración y el despedazamiento. En el psicoanálisis de niños, Melanie Klein lo coloca como factor etiológico de las perturbaciones psicóticas y neuróticas, y su acción comienza en la mitad del primer año de vida.

No hay en Melanie Klein una teoría de la neurosis. Por el contrario, los cuadros neuróticos se disuelven a través de una estructura de ansiedades y defensas donde quedan, como restos, los núcleos psicóticos, siempre puestos a desarrollar una nueva y potente actividad (crisis de la vida). No hay garantía.

El pensamiento kleiniano nos deja un ensanchamiento del campo de analizabilidad en niños y en psicóticos. Esta ampliación se debe al hecho de habernos familiarizado con la idea de que la culpa inconsciente genera sufrimiento psíquico aun en niños muy pequeños. De la mano de Melanie Klein nos atrevimos a analizar niños con neurosis graves y psicosis, incluso en niños muy pequeños. Desde su teoría no necesitamos la llamada alianza terapéutica.

Para Melanie Klein, el conocimiento consciente y la colaboración consciente no son nunca suficiente garantía como lo es el alivio de la culpa producido por la interpretación rápida, certera y profunda que apunta inmediatamente a la fantasía inconsciente.

Para ella, los elementos básicos del proceso analítico son la transferencia –sabemos que la concibe como inmediata aun en niños pequeños– y la interpretación. El suceder de este proceso analítico pasa por la integración, no por el recuerdo. Melanie Klein enfatiza la disociación y minimiza la represión. En su teoría hay una hipertrofia del concepto de fantasía inconsciente en desmedro de la reconstrucción histórica freudiana. También de la identificación proyectiva en desmedro de la identificación que había descrito Freud, no hay un proceso de identificaciones singularizado. Descentra el campo del Edipo, como estructurante, y el deseo en favor de la angustia. Tenemos en ella un sujeto que produce una neurosis casi como una creación predominantemente subjetiva y desde una perspectiva pulsional más que significativa. ¿Cuál es la posición del analista en este punto? ¿Cuál es su técnica?

En tanto la neurosis, decíamos, es concebida como una creación predominantemente subjetiva, el análisis transcurre en soledad. Quedan fuera de la teoría y del consultorio, no sólo la historia, sino también la familia y la delicada trama que une la patología individual con la estructura familiar, que es una de las tantas preocupaciones actuales del psicoanalista de niños.

He podido chequear los conceptos de Melanie Klein en la clínica ya que durante mis primeros años de analista tuve una formación kleiniana ortodoxa. Así pude reconocer los grandes hallazgos de su pensamiento y sus limitaciones.

Desde el campo de la práctica cotidiana, esta teoría me dejaba sin instrumentos para abordar los casos menos graves, las consultas que no implican neurosis o psicosis. Me faltaban los eslabones intermedios para dar respuesta a reclamos que no implicaran como indicación un tratamiento.

Desde la teoría y la clínica necesitaba incluir la historia familiar, los padres, y, como decía antes, la comprensión que aporta el conocimiento de la delicada trama que une la patología individual con la familiar.

Desde la intimidad del proceso terapéutico me faltaba uno de los ejes fundamentales de la teoría freudiana: el de la identificación. El hecho de que los conflictos no son sólo pulsionales sino conflictos identificatorios. Y mi idea de que el modo de transmisión de los modelos familiares, ya sea en la ideología, en el carácter, en la patología sistemática, se hacen a través de la identificación. Descentrar al paciente de este conocimiento imaginario de su yo, es uno de los ejes del proceso terapéutico, a mi juicio.

Desde una perspectiva diametralmente opuesta a la de Melanie Klein, Anna Freud introduce –en su teoría del desarrollo libidinal y yoico– la idea de una potencialidad que, en un despliegue total y sin interferencias, llevaría al individuo a la salud entendida como logro de una vida genital y de la constancia objetal. Así como vi en Melanie Klein el niño enfermo, vi en Freud el niño sano. En Anna Freud hay una promesa de desarrollo normal, hay un niño sano. Hay tendencias innatas al equilibrio, una vida instintiva pautada y también conflictos esperables en cada una de las etapas. Existe un progresivo crecimiento desde el estado de inmadurez al de madurez sobre líneas congénitas predeterminadas. Más aún, las tendencias innatas hacia la normalidad son tan fuertes –dice Anna Freud– que pueden ayudar al niño a superar experiencias altamente patológicas. Hablando de pacientes adultos, ella dice que existen apetencias innatas en las personas tendientes a completar su desarrollo, obtener satisfacción de los impulsos y preferir la normalidad. Considera que los psicoanalistas debiéramos ser capaces de imaginar un desarrollo interno idealmente normal, así como su contrapartida, condiciones ambientales ideales.

Si recorremos la obra de Anna Freud, vemos que la preocupación por la prevención de la salud mental es constante. Desde esta posición teórica es posible proponernos la tarea de detectar los agentes patógenos, antes que éstos hayan comenzado su tarea nociva.

En realidad, a lo largo de toda su obra, ella muestra dos preocupaciones: una acerca de la posibilidad y dificultad en lograr una predicción, es decir, un pronóstico clínico del desarrollo. Dice que dedicarnos a la predicción es encarar un apasionante y conflictivo problema práctico, la evaluación y el diagnóstico de los trastornos de la infancia, la predicción de la patología, la detección precoz del peligro.

Mientras que para Melanie Klein la verdadera prevención, diríamos la única, es el análisis, para Anna Freud se abre un inmenso campo a partir de la aplicación de los conceptos psicoanalíticos a la educación, a la crianza y a la pediatría. Ella trabaja permanentemente con médicos y legistas, y así, por mencionar algunos de sus hallazgos, trató de crear una técnica de primeros auxilios mentales en los hospitales pediátricos. En sus últimos años estudiaba, con un grupo de abogados, el modo de proponer reformas a la severa ley de adopción inglesa, con la idea básica de que los padres adoptivos son los verdaderos padres.

En su pensamiento es muy importante entonces la idea de desarrollo y de factores traumáticos o de agentes patógenos posibles de ser detectados.

Para Anna Freud, a diferencia de Melanie Klein, la neurosis no es inevitable, sino una eventualidad del desarrollo, una de las alternativas posibles. Ella dice que el término neurosis infantil, a su juicio, se ha usado con demasiada frecuencia y desaprensión. Retoma el concepto freudiano del Edipo, como complejo nuclear estructurante de la neurosis, y la neurosis como efecto de la resolución del Edipo, de modo que hay un límite de la analizabilidad en la latencia.

Anna Freud realiza una descripción muy rica de fenómenos intermedios entre la neurosis, por un lado, y la salud, por el otro. Categoriza desórdenes infantiles y perturbaciones como trastornos en el desarrollo. Digamos que diagnostica, entonces, no sólo neurosis y psicosis sino reacciones neuróticas, fenómenos neuróticos transitorios, demoras, fallas, trabas y fracasos o detenciones en el proceso de desarrollo, inhibiciones, regresiones normales, regresiones patológicas severas.

Anna Freud se acerca con cautela al análisis de niños, que, como vemos, es una de sus tantas tareas. Su perfil diagnóstico, ya célebre por su extensión, por el detallismo con que ella hace allí una semiología del yo y del superyó, y de la libido y la agresión, es una guía no solamente para un diagnóstico psicoanalítico, sino también para uno psiquiátrico psicoanalítico. Con cuidado habla de un primer período de investigación en el análisis del niño, que llama período preparatorio o preanalítico, y que está destinado a lograr la alianza terapéutica y a reafirmar la transferencia positiva. Hay un segundo período de cura. Se podría hacer casi un contrapunto, tanto en la teoría como en la técnica, entre los conceptos kleinianos y los conceptos annafreudianos.

Mientras Melanie Klein va directamente a la fantasía inconsciente, Anna Freud toma una especie de recaudo: un largo período preparatorio antes de iniciar la tarea analítica propiamente dicha. Creemos que esto que hemos descrito como cautela, como cuidado, teóricamente tiene otro nombre, y se relaciona con el hecho de que, en la medida en que Anna Freud adhiere cada vez más a los conceptos de Hartmann y Kris, el yo aparece como un gran actor de la escena: es el aliado terapéutico, se trata de preservarlo, cuidarlo, de sacar las defensas patológicas e instaurar defensas normales. Hay un aprendizaje en la tarea terapéutica, un cuidado con la regresión y la desorganización. Ahora bien, ¿quién sostiene el tratamiento analítico?

La respuesta en Melanie Klein es sencilla: la culpa. La culpa inconsciente, la angustia. La culpa es nuestro mejor aliado terapéutico (es decir, el alivio de la culpa por la interpretación).

Para Anna Freud, el proceso analítico se hace a partir de un contrato. Hay un contrato de trabajo, y quien lo sostiene es, a mi juicio, el analista. Ella dice que el niño, como tal, olvida los propósitos a largo plazo, los propósitos del análisis, y es llevado por la búsqueda de satisfacción inmediata. El niño quiere satisfacer sus impulsos, y el medio ignorante o excesivamente represor es el creador de traumas. De este choque surge la patología y también el lugar del analista, que para ella está en lugar del ideal del yo, o sea, quien normativiza al niño.

Desde aquí es coherente su idea de la finalidad analítica como adaptación que en potencia el individuo y su ambiente tienen, en tanto están coordinados para lograr ese estado ideal de adaptabilidad anterior al conflicto.

Anna Freud aporta ideas interesantes para el analista de niños: a) la reconstrucción de la historia del niño en tanto traumática; b) la reubicación de la neurosis como contingente y no necesaria en una evolución; c) la patología también puede ser producto de un error, ¿cómo ubicamos aquí la ignorancia? (esta idea la lleva a desarrollar una intensa tarea pedagógica y educativa no sólo dentro del análisis, sino también con los padres, maestros, abogados, etc.); d) la predicción de la patología y el hecho de actuar preventivamente para evitar la enfermedad infantil.

En esta apretada síntesis trataré de transmitirles las dificultades y los hallazgos de mi acercamiento al tercer autor que voy a considerar: Winnicott. Él nos aporta un modelo de niño, pero también un modelo de analista. La primera lectura de Winnicott me llevó a pensar que éste era un psicoanalista "no analítico". No podía ubicar este nuevo lenguaje con el que abordaba temas tan básicos como enfermedad y salud, en términos de "el ser persona", "el ser persona completa", por ejemplo. Me parecía que, después de haber alcanzado una gran precisión terminológica, estábamos de nuevo en el lenguaje corriente. Sus conceptos acerca del verdadero y falso self también parecían categorías que habíamos dejado de lado en nuestro quehacer psicoanalítico.

El segundo paso que di en su lectura fue ubicar algunos de sus conceptos como pertenecientes a un orden completamente diferente al del lenguaje cotidiano, o sea, justamente como pertenecientes al lenguaje filosófico.

Cuando Winnicott describe los procesos tempranos del desarrollo, parece postular una especie de posibilidad innata de evolución creadora, un principio vital o "élan vital" bergsoniano. Éste debe ser cuidado y sostenido por una identificación creadora materna, y así dará lugar a la continuidad del ser, la única garantía de salud.

El concepto de verdadero o falso self también remite a un concepto filosófico –en este caso, hegeliano–: el de existencia auténtica e inauténtica, impropia y cotidiana, como dos momentos ontológicos del existir. La continuidad del ser, la historicidad de este devenir existencial, la angustia frente a la nada.

Winnicott tiene la suficiente libertad de pensamiento como para manejarse tanto con conceptos estrictamente psicoanalíticos, o de la tradición psicoanalítica, como con conceptos filosóficos, introduciéndolos a su vez en el campo psicoanalítico, enriqueciéndolo.

Esta libertad de pensamiento la encontramos en la siguiente respuesta: "No comenzaré por dar una visión histórica, panorámica, ni por mostrar el desarrollo de mis ideas a partir de las ideas de otro, porque mi mente no trabaja en esta forma. Lo que hago es reunir esto o aquello, aquí y allá. Lo adapto a la experiencia clínica, formo mis propias teorías y al final de todo me intereso en saber qué robé y de dónde".

Estas ideas de Winnicott dieron respuesta a una problemática que se suscitó en nuestro medio acerca del análisis de niños. ¿Es posible operar psicoanalíticamente con el niño? O, como dice Rosolato, el psicoanálisis de niños, ¿es psicoanálisis, o psicoanálisis transferencial?, ¿un maternaje?

Por esta ventana, y por su extraordinaria descripción de las personalidades esquizoides, empecé a entender el pensamiento de Winnicott y su particular modo de trabajo. Creo que cada uno de nosotros tiene un modo de penetrar en el universo de este autor.

En las personas o fenómenos esquizoides es donde justamente está cuestionado el ser. Futilidad y máscara en vez de autenticidad. Discontinuidad en lugar de temporalidad.

La angustia impensable, producto de una falla materna temprana, ha quedado atrás. Aunque ha dejado sus huellas en este ser que vive pero no hace historia.

Otra ventana que me posibilitó entender el descubrimiento de Winnicott es la idea de que la madre debe respetar al bebé. Si no lo respeta, si no lo considera de entrada como persona, nunca llegará a serlo. Es el gesto espontáneo, la movilidad, la agresividad constitutiva del mundo y de la realidad, la omnipotencia infantil, lo que la madre debe sostener en un primer momento para que este ser humano alcance ese sentimiento básico de confianza que dice –aunque no lo diga–: "Si yo lo deseo o lo pienso, sé que va a haber en el mundo". Sabemos que sólo después puede ser desilusionado, y que de este modo accederá al no-yo, al simbolismo y, de allí, al campo inmenso de la cultura.

La vinculación de Winnicott con la pediatría –vinculación que nunca dejó de lado– marca su peculiar modelo de analista. Él es un analista que arranca de la clínica, y de una clínica de pacientes graves, psicóticos, borderline, o severamente regresivos.

Winnicott establece dos condiciones para ser analista: la primera de ellas es que el analista debe creer en la naturaleza humana, y en el proceso de desarrollo. Esto es captado inmediatamente por el paciente. La segunda condición es que el analista no debe refugiarse en la teoría ni en la técnica. Éstas no están hechas para proteger al analista, quien debe mantenerse vulnerable, es decir, expuesto.

Ahora bien, ¿cuál es la posición del analista? Winnicott dice: "Al principio siempre me adapto un poco a lo que el paciente espera de mí. Sería inhumano no hacerlo. Sin embargo, en ningún instante dejo de maniobrar en pos de la posición que me permita hacer un análisis con todas las de la ley". ¿Qué significa hacer un análisis con todas las de la ley?

Significa comunicarse con el paciente desde la posición en la cual lo coloca la neurosis o la psicosis de transferencia.

En tal posición se hallan presentes en mí algunas de las características de un fenómeno transicional, dado que, si bien por una parte represento el principio de realidad, por otra no dejo de ser un objeto subjetivo de la fantasía del paciente. Podemos seguir preguntándole a Winnicott: ¿cómo llega el analista a esa posición? Según él, lo quiera o no el analista, se producen fallas. El analista produce fallas en el tratamiento que, a su vez, reproducen metafóricamente otras: aquellas de las que el paciente no tiene recuerdos.

Winnicott aporta una idea original en ese sentido: la del proceso analítico en términos de re-desarrollo. He aquí una nueva posibilidad para el psicótico, para el paciente esquizoide grave. Según él podemos rehacer lo hecho, lo mal hecho, o lo no hecho.

El regreso a lo real es necesario si la psicosis debe curar. En el caso de la psicosis, para Winnicott, no es posible un tratamiento tradicional u ortodoxo. Éste está reservado para las psiconeurosis.

Con los pacientes psicóticos debemos establecer condiciones para que el derrumbe sea posible, y que a partir de allí se rehaga o recubra ese hueco de experiencia. En el devenir de las sesiones, se metaforiza la falla, pero también se metaforiza el holding materno.

El niño y el analista juegan juntos, y así crean entre dos una escena que nunca ocurrió.

Podríamos decir que Winnicott adaptaba su técnica a lo que planteaba cada caso en particular.

Así como el enfoque de Anna Freud permite desplegar una descriptiva muy rica de fenómenos intermedios entre la neurosis y la salud, y de este modo articular una serie de recursos técnicos para el abordaje de dichos fenómenos, que no requieren psicoanálisis, en Winnicott encontramos algo similar pero desde el punto de vista de la psicoterapia. Él convierte la consulta terapéutica en un fragmento de terapia, en un minitratamiento.

Las "sesiones a pedido", a diferencia de las sesiones regulares, y las sesiones de duración indefinida, la conducción, son el método más apropiado para el tratamiento de las psicosis.

En este marco también podemos citar el concepto de regresión terapéutica, que podía ser realizada en la propia casa del paciente, si contaba con un medio apropiado de sostén. Winnicott considera que no es útil ni práctico recomendar un único tratamiento psicoanalítico para cada niño; el aprovechamiento cabal de las primeras entrevistas pone al terapeuta en condiciones de hacer frente a las dificultades que ofrece cada caso en particular. "No hay dos casos iguales", dice Winnicott, y entre el terapeuta y el paciente se da un intercambio mucho más libre que el que se produce en un tratamiento psicoanalítico ortodoxo. Eso no significa desmerecer la importancia del análisis de larga duración: hay casos en los que, específicamente, está indicado y "el trabajo se lleva a cabo a partir de la emergencia día a día, en el material clínico, de elementos que llegan a hacerse conscientes como consecuencia de la continuidad del trabajo". "El psicoanálisis sigue siendo la base de mi tarea".

Winnicott trabajó cuarenta años en un hospital; calculo que, entre niños y padres, vio unos sesenta mil pacientes. Este hecho en sí marca un modelo de analista.

Consideraciones finales

Podemos decir que en nuestro país la obra de Lacan se conoce desde hace ya algún tiempo, por lo menos quince años. Con lo cual tenemos dos generaciones: una nueva, que ha sido formada casi con exclusividad en esta teoría, y otra que comprende a los antiguos analistas.

También podemos decir que la teoría de Lacan cae, entre nosotros, en un piso kleiniano, lo cual produce efectos especiales. Por un lado, este piso era fértil y permeable, ya que estaba cuestionado y sentíamos la necesidad de reubicar el universo kleiniano en un contexto más amplio. En este sentido nos interesó la opinión de Mannoni cuando dijo: "Toda teoría kleiniana se beneficiaría si se retomara dentro del campo de la palabra". Luego agregó: "Los objetos kleinianos se sitúan dentro del orden de lo imaginario entre las dos cadenas del discurso manifiesto y reprimido".

En esta teoría, la fantasía inconsciente de Klein queda reubicada entonces en el orden de lo imaginario como un inventario de las infinitas formas del fantasma.

Uno de los parámetros lacanianos más aceptados en un sector de la comunidad analítica de Buenos Aires que se dedica a niños es el siguiente: se acepta una nueva concepción de síntoma y de la enfermedad infantil donde ésta pierde su exclusiva dimensión individual para pasar a ser también, como dice Mannoni,"la denuncia de un malestar colectivo".

Según este marco teórico, la constitución del sujeto se hace en el otro, y su corte o separación lo deja ligado para siempre a una estructura significante. Hay una prioridad lógica de representaciones y significantes paternos que preceden al niño y lo ubican con un nombre y un lugar. En el niño neurótico el síntoma es, entonces, portavoz de los fantasmas paternos y está indisolublemente unido a ellos. El deseo inconsciente de los padres es vehiculizado, a través del lenguaje, por lo dicho o no dicho de un discurso, y se inscribe en el inconsciente del niño produciendo su efecto a nivel del síntoma. Dolto dice: "Nuestros niños son portadores de nuestro pasivo, de la dinámica no resuelta, de todo aquello que hemos vivido y rechazado".

El síntoma tiene un texto, es ya una primera interpretación; en ese texto leemos el discurso paterno, el significante del otro en mí. Así como imaginé en Klein al "niño enfermo" y en Anna Freud al "niño sano", cuando leí a los franceses imaginé que nos traían un "niño atrapado", es decir, marcado o significado por el deseo inconsciente de los padres, o por los significantes que lo precedían.

La lectura de material clínico de estos autores nos llevó a otras cuestiones: ¿no existiría aquí una hipertrofia del efecto del deseo, así como en Klein había una hipertrofia del efecto de la pulsión?

Más tarde, leyendo a Rosine Lefort, coincidí con ella cuando dice: "El lugar que el niño va a ocupar en el fantasma debe ser calificado en cada caso [...] debemos retomar la cuestión de la atención prestada al discurso familiar y ver cómo el niño le responde. Y, por lo tanto, considerar que la prioridad del análisis con los niños es la escucha de los niños mismos como sujetos enteros, separada de la escucha de los padres, de los cuales no es meramente un apéndice".

Así, reubicamos a los padres de otro modo: no se trata de cuestionarlos, pues ellos también están "atrapados", ni se trata de culpabilizarlos ni de perdonarlos. Cuando nos comentan acerca de su niño, debemos interrogarlos, es decir, "llevarles o devolverles a ellos esta cuestión del síntoma", en tanto el síntoma del niño –como todo síntoma– dice una verdad que el sujeto desconoce. Pero en este caso se trata de una verdad de todos, y de la que todos saben y no saben.

El movimiento lacaniano y los autores de niños de filiación lacaniana abren nuevas cuestiones, por ejemplo el lugar del trauma en la vida infantil.

¿Cuándo el nacimiento de un hermano se vuelve traumático? ¿Cuándo el niño cambia su carácter, comenzando a desplegar una nueva patología, o bien regresando a un estado psicótico?

Al respecto, Dolto, en el caso Dominique, aporta una idea interesante. Ella dice: "Dominique, niño psicótico, bien adaptado al principio de su vida, personalidad de apariencia, hasta el nacimiento de un hermano, ignoraba el papel de fetiche que tenía en la madre [...] Es a partir de este estatuto de fetiche fálico que el psicoanalista puede dar todo su valor traumatizante al nacimiento de la hermana [...] Desde el día del nacimiento de la hermana Dominique ha perdido sus referencias, ha sufrido un completo desnarcisamiento. La posición subjetiva de Dominique es tal que, habiendo escapado a la castración humanizante, lo deja ahora a merced de una 'imagen sin palabras'".

La nueva idea es que los celos, la envidia, la agresión destructiva no son efectos de la pulsión de muerte sino que han sido disparados por el lugar que el niño ocupaba previamente en la estructura fantasmática materna y paterna.

Ahora bien –otra cuestión que despertó nuestro interés–, si en el adulto el análisis busca levantar la represión y hacer surgir el recuerdo o la fantasía, ¿dónde estaría lo reprimido en el niño? Podemos decir que en la memoria de los padres, en lo reprimido de los padres, en el lugar que ocupa ese niño en el discurso paterno. La historia está presente otra vez en la enfermedad infantil, pero no se trata de las alternativas de la pulsión como en Klein, ni de la presencia de factores traumáticos como en Anna Freud, sino de la historia del deseo inconsciente y de la posición que en el curso de tres generaciones tienen los protagonistas con relación a la castración y el Edipo. Rosolato dice que se necesitan tres generaciones para dar cuenta de una identidad. La historia retorna otra vez como la vuelta de lo reprimido. ¿Cuál será lo reprimido ahora nuevamente? He tratado de hablarles no sólo del niño y los modelos en la teoría, sino también del niño como síntoma de la teoría del analista